Álvaro, un gran amigo mío me regaló hace poco un librito (librito porque no tiene más de 100 páginas) titulado "El arte de tener razón" de Arthur Shopenhauer. En él explica algunas "tácticas" que podemos utilizar en una discusión con nuestro "adversario" para llevarle a nuestro terreno. Sin embargo lo que más me ha llamado la atención es la brillante forma que tiene de describir la opinión popular y cómo nos convertimos en unos borregos incapaces de pensar por nosotros mismos.
Lo que se llama opinión universal es, considerado claramente, la opinión de dos o tres personas; nos convenceríamos de ello si pudiéramos observar la formación de una de estas opiniones universalmente válidas.
Veríamos que son dos o tres personas las las que al principio la adoptan o plantean y afirman, y con quien se fue tan benévolos de suponer que la habían examinado bien a fondo: sobre el prejuicio de la capacidad suficiente de estos, otros fueron a su vez adoptando la opinión; y, por su parte, a estos les creyeron muchos otros cuya indolencia les aconsejó mejor creer sin más que comprobar fatigosamente.
Así creció día a día el número de tales partidarios indolentes y crédulos: pues como la opinión ya tenía un buen número de vocoes a su favor, los siguientes partidarios pensaron que solo lo podía haber conseguido gracias a lo bien fundado de sus razones.
Los que quedaban fueron viéndose obligados a admitir lo que era generalmente admitido para no pasar por cabezas inquietas que se rebelaban contra opiniones de universal validez y sujetos impertinentes que pretendían ser más listos que el mundo entero. En este punto, el asentimiento se convierte en una obligación.
De ahí en adelante, los pocos capaces de juzgas se ven obligados a callar: y a quienes se les está permitido hablar con aquellos que son totalmente incapaces de tener opiniones propias y un juicio propio, que no son más que el mero eco de opiniones ajenas, no obstante lo cual son defensores tanto más celosos e intolerantes de las mismas.
Pues lo que odian en el que piensa de otro modo no es tanto la opinión distinta que éste profesa como el atrevimiento de querer juzgar por uno mismo: cosa que ellos jamás se resuelven a hacer y de la que en el fondo son muy conscientes.
En suma, son muy pocos los que pueden pensar, pero todos quieren tener opiniones: ¿qué otra cosa cabe hacer entonces sino tomarlas de otros, ya del todo listas, en vez de forharlas por sí mismos? Siendo así las cosas, ¿de qué vale la voz de cien millones de personas?




Tu y yo ya debatimos todos los días suficientemente sobre la psicología de masas (grises) y en mi blog también es un tema presente con bastante frecuencia... como para dar aquí la brasa sin fin :D
Matizar que el libro está escrito por alguien que se llamaba Arturito... y cuyo apellido has escrito mal :D y también has repetido un "las" y has puesto un "forharlas", así, muy andaluz.
Corrector Ortográfico Vacuno 2.0
Muuuuuuuuuuu
Creo que el señor Arthur Shopenhauer tiene razón en lo que dice.
¡Vaya! Quizá la frase anterior me convierta en un borrego.